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Ana de San Bartolomé

 

Santa Teresa de Jesús
Santa Teresa de Jesús
Infanta Isabel Clara Eugenia
Infanta Isabel Clara Eugenia

Su época

La vida de Ana de San Bartolomé (1549/1626) transcurrió entre los siglos XVI y XVII, un periodo floreciente para las artes, las letras y la espiritualidad, pero lleno de luces y sombras. Mientras en América se afianzaba la conquista y se imponía la evangelización, hecho primordial para la Reina Católica que había impulsado tan ardua empresa, Centroeuropa se desangraba en duras batallas para detener el avance protestante, que, pocos años antes del nacimiento de Ana, en 1517, el monje agustino Martín Lutero había iniciado con su desafío a la corrupción de la Iglesia Católica. Fueron los años del largo y famoso Concilio de Trento, impulsado por el emperador Carlos V en busca de una solución pacífica para el grave conflicto religioso. La Cristiandad respondió a su Reforma protestante con una Contrarreforma encaminada a corregir las desviaciones de la vida religiosa que habían dado lugar a tan gravísimo enfrentamiento y a perseguir, con denuedo, todo atisbo de herejía a través del temible Tribunal de la Inquisición.

La vida de Ana de San Bartolomé transcurrió paralela a los reinados en España de Carlos I, Felipe II, Felipe III y Felipe IV. En Inglaterra eran tiempos marcados por el conflicto religioso ocasionado por Enrique VIII, que tras la negativa del Papa a aceptar su separación de Catalina de Aragón -hija de los Reyes Católicos- para contraer un nuevo matrimonio con Ana de Bolena, negó obediencia a Roma dando lugar al Cisma Anglicano. Fueron años en los que Inglaterra iba y venía del protestantismo al catolicismo según se sucedían en el trono Enrique VIII, su primogénita, María Tudor, o Isabel, la hija de Ana Bolena, esa bella mujer que tras perder el favor del rey había sido decapitada en la torre de Londres. En esta sucesión de reyes el cetro cambiaba de manos y con ello la nación de religión, lo que implicó cruentas persecuciones por causa de fe. Francia también vivía soliviantada por el avance calvinista, y para cesar sus sempiternas rivalidades con España y aunar esfuerzos contra el poderoso enemigo común, el protestantismo, firmó un acuerdo que se selló institucionalmente con la llamada Boda de la Paz entre Felipe II y la joven hija del rey francés, Isabel de Valois. El rey Enrique IV apoyó la implantación del Carmelo Teresiano en Francia y su esposa, María de Médicis, tuvo una gran vinculación con la Beata (fue curada por intercesión de Ana de San Bartolomé siendo uno de los milagros validos para su beatificación).  Iván el Terrible regía los destinos de Rusia y las huestes turcas, con Solimán el Magnífico y Barbarroja al frente, llegaban a las puertas de Viena y sembraban el terror en toda la costa mediterránea.

El tramo final de la vida de Ana de San Bartolomé transcurrió en los Países Bajos que entonces estaban bajo la soberanía de la hija favorita de Felipe II, la Infanta Isabel Clara Eugenia, y de su esposo, hijo de emperador Maximiliano II, el Archiduque Alberto de Austria. El rey español les había concedido, como regalo de boda, la soberanía de aquellos tumultuosos territorios con el deseo de que bajo su gobierno, iniciado en 1599, encontrasen la soñada estabilidad social, religiosa y política. Sin embargo, fue una época marcada por graves enfrentamientos religiosos en la que, a menudo, se alternaban duras batallas con esperanzadoras treguas.

La famosa tregua de los doce años (1609-1621) abrió un periodo en el que los soberanos lucharon denodadamente, con el apoyo de las Órdenes religiosas, para que arraigase el catolicismo en Flandes. Esta etapa coincidió con la llegada de Ana de San Bartolomé para llevar a cabo la fundación de Carmelo de Amberes bajo el auspicio de la Infanta. El final de la tregua coincidió con la muerte del Archiduque y del rey Felipe III, y los conflictos religiosos y políticos se agravaron con una rapidez vertiginosa. Aquel sueño de una dinastía propia para Flandes se truncó por la falta de descendencia, y el magno regalo de boda se convirtió para la Infanta en una durísima carga, ya que el complicado gobierno de esas tierras le impedían el regreso a su patria para retirarse, como ella deseaba, a vivir su viudedad en el convento de las Descalzas Reales de Madrid. España recuperó la soberanía de los Países Bajos y la infanta Isabel Clara Eugenia ejerció hasta su muerte, acaecida en 1633, el papel de Gobernadora al servicio del rey de España, su sobrino Felipe IV.  Fueron años marcados por los duros combates entre los famosos Tercios de Flandes y las tropas protestantes al mando de Mauricio de Nassau, príncipe de Orange. Periodo en que se estrecharon enormemente los vínculos de afecto entre Ana de San Bartolomé y la hija bienamada de Felipe II hasta el punto de que la otrora campesina toledana se convirtió en íntima amiga y consejera de la hija del Rey, que consultaba con ella tanto asuntos personales como graves problemas de estado.

Por otra parte, el discurrir de la vida de la Beata en Amberes coincidió con la del genial pintor Pedro Pablo Rubens, que por aquel entonces pintaba, a escasos metros del Carmelo, algunos de sus cuadros más famosos, entre ellos los que decoran la Catedral de la famosa ciudad flamenca. Fue el maestro del famoso pintor, Otto Venius, quien, en 1620, pintó el único retrato original que existe de Ana de San Bartolomé.

Fueron contemporáneos suyos El Greco que, en 1576, llegó a Toledo cuando Ana ya vivía en el convento de San José de Ávila; Tiziano, Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Tirso de Molina, Juan de Austria, la princesa de Éboli, y españoles que, como ella y Teresa de Jesús, también alcanzaron el honor de los altares: Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Francisco Javier, Luis Beltrán, Pascual Bailón, Tomás de Villanueva, y, entre otros, la santa mallorquina Catalina Tomás, que fue la siguiente española canonizada tras Teresa de Jesús.

En sus últimos años y tras su muerte, acaecida en Amberes el 7 de junio de 1626, Ana de San Bartolomé estuvo rodeada de un popular reconocimiento de santidad en Centroeuropa, tal y como le había ocurrido a su querida Teresa de Jesús en tierras de Castilla.

Más información: santa mallorquina Catalina Tomás

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