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Margarita Arroyo

Margarita Arroyo

Hora de la Verdad

Hora de la verdad

(Visión de Ana de San Bartolomé
en la muerte de Teresa de Jesús.)


“Se me mostró el Señor con toda majestad y compañía
de los bienaventurados sobre los pies de su cama, que
venían por su alma. Estuvo un credo esta visión glorio-
sísima, de manera que tuve tiempo de mudar mi pena
y sentimiento en una grande resignación y pedir per-
dón al Señor y decirle: Señor, si Vuestra Majestad me
la quisiera dexar para mi consuelo, os pidiera yo, aho-
ra que he visto su gloria, que no me la dexeis un mo-
mento acá. Y con esto expiró.”

Alegoría de la Gloria:
todo se hizo en lo que dura un credo.
Ávila tan lejana, ya imposible.
La encarnación, un grito de campanas.
Alba del río, alba blanca,
alba de sacristía con sagrario,
sin estola ni cíngulo.
Alba de encaje que la noche encasulla
revestida de rojo.
Alba de Tormes con su puente de oro
y la torre bocabajo desmayada en el agua.
Alba de plata oscura
con la negra carroza de Éboli
y los caballos barruntando la muerte
con la inquietud de sus plumeros.

Aquel flujo de sangre de Teresa,
cerbatana del Tránsito
con la duda del ángel,
parecía la capa bermeja
bordeada de armiño muy blanco
que usaba la duquesa de Pastrana
en días de recibo,
mientras octubre se asomaba a los cristales
sacudiendo su furia perpleja.
Pero Ana de san Bartolomé,
santificada en la blancura,
vestida de enfermera por los ángeles
con un hábito intacto,
vio llegar el milagro de la mano del sueño
con los ojos cansados que la tierra amortaja.
Y después, por tal gloria, se quedó sin sentido.
Una nube de incienso invadía la celda.
La trinidad gloriosa
se hizo cabecera y sol ardiente
en su alma descalza.
El Cristo de Teresa,
ya sin manos amantes
se fue de la madera para hacerse llama viva.
Para hacerse Dios vivo.
Los ángeles sin cuerpo,
múltiples y pasivos como flores cortadas
con las cítaras mudas por respeto a la sangre
iban plegando el alma de Teresa
como una inmensa sábana
con una mancha roja que alegaba la muerte.

Y todo aquello así, lo soñara Ana blanca,
Ana lucero de la tarde
en la postrera imagen de la luz vespertina
en lo que dura un credo.
Eran casi las nueve de la noche.
La señal de la muerte de Teresa
era un rayo furioso que encendía los campos
rojecidos de almagre
y recordaba el brío de las fundaciones:
Ávila, Malagón, Salamanca, Pastrana,
Valladolid, Granada, Beas de Segura…
Era la hora en que las novicias
despabilaban las velas de su celda
untando de saliva sus castísimos dedos pulgares,
hora en que se persignaban en mitad de la sombra,

se aferraban a sus escapularios
y cubrían sus cuerpos ateridos
con cilicio y bayeta de anjeo.
Los últimos pecados de Teresa
dormitaban para siempre en el pecho contrito
del padre Gracián.
Y fue entonces que una paloma
muy despacio,
se posó en el alfeizar.

© Asociación Amigos de Ana de San Bartolomé